Pamela Lee Goldhagen Jaramillo: la pérdida de nuestra relación con el mundo natural y la búsqueda de otras formas de volver a relacionarnos con él

Pame volvió a la cerámica hace pocos años, pero su relación con la cerámica empezó en la infancia cuando tenía 4 años. Su práctica reúne los lenguajes que han atravesado su vida: el dibujo, la pintura, el grabado y la serigrafía con una búsqueda cada vez más profunda a la representación orgánica, formas humanas, naturaleza, las cosmovisiones locales y la conservación. La artista tiene particular interés por el origen como humanidad, fuera de los linajes, o nacionalidades. Esa curiosidad y creencia de que ese origen se encuentra en el mundo natural y el cosmos es un motor importante dentro de su investigación y obra. Su obra parte de una pregunta persistente: cómo recuperar una relación más sensible, respetuosa y recíproca con el mundo natural. A su vez, sueña con impulsar un espacio de residencia artística y aprendizaje en Ecuador, conectado con comunidades, técnicas y formas de vida.

Su madre la inscribió en clases de cerámica en Quito cuando tenía cuatro años. Recuerda con claridad que podía ir caminando y que le encantaba asistir; fue su primera introducción al arte y el momento en que descubrió que podía hacer lo que quisiera, como si se hubiera abierto un mundo entero de posibilidades. Años después, ya en la universidad, retomó la cerámica durante un semestre, mientras estudiaba pintura y dibujo y hacía un minor en grabado. Intentó trabajar con el torno, pero descubrió que no tenía la paciencia suficiente en ese momento y prefería una gratificación más inmediata. Al terminar el semestre decidió que la cerámica no era para ella y continuó con pintura, dibujo y grabado, para luego concentrarse especialmente en la serigrafía.

Mientras estudiaba en California, trabajó con un colectivo de artistas en Oakland dedicado a la producción gráfica y a reivindicar la identidad de una ciudad que cargaba con una reputación difícil. La serigrafía ocupaba un lugar central en ese trabajo. Más tarde se mudó al norte de Florida por el trabajo de su esposo, Ryan, y allí encontró otro camino: comenzó a dar talleres de arte para niños y descubrió en la educación una nueva forma de relacionarse con la creación. Se formó en pedagogías como Montessori y llevó esas herramientas al campo del arte. Durante varios años, la educación se convirtió en su principal centro de atención, mientras continuaba pintando y dibujando de manera más personal.

Al regresar a Ecuador, ambos caminos volvieron a encontrarse. Fundó junto a otros amigos la Comuna Serigráfica y, mientras dirigía la sección infantil de PentaSiete, en La Tejedora, insistió en incorporar la cerámica a los talleres para niños. Invitó a Soroche de los Andes, a quien había conocido años atrás en 2004, para que se encargara de esas clases. Vivía entonces en Puembo y podía caminar hasta su taller. Un día finalmente aceptó la invitación y volvió a trabajar con arcilla. Empezó desde cero, con tacitas, pequeños objetos y ejercicios sencillos, hasta que sintió que era momento de ir hacia la escultura. La cerámica terminó desplazando al dibujo como su lenguaje principal. El dibujo permanece, pero ahora funciona como una herramienta para pensar, tomar apuntes y desarrollar ideas.

Desvio se llamó su primera exposición individual, en PentaSiete en 2019, una muestra compuesta por pintura y dibujo, aunque ya incluía una escultura compuesta por varias piezas de cerámica. 

Más allá del material, hay una preocupación que atraviesa su trabajo: la naturaleza, el origen y nuestra relación con aquello que nos rodea. No se refiere únicamente al paisaje, sino también al cosmos y a esa dimensión misteriosa que permanece fuera de nuestra comprensión, como la vida submarina o la relación humano y naturaleza. Le preocupa la manera en que el mundo natural ha dejado de ocupar un lugar central en nuestras decisiones y formas de vida. Su obra nace, en parte, de esa inquietud y busca recordarnos que todavía hay algo bello, mágico y sagrado en esa relación.

Ecuador ha sido fundamental para profundizar esa mirada. La diversidad de sus territorios y de sus formas de entender el mundo la ha llevado a acercarse a distintas comunidades y saberes. En esos encuentros ha encontrado otras maneras de relacionarse con la naturaleza. Pame usa un ejemplo sencillo, cuando una persona de la comunidad Achuar habla de un árbol como si fuera una persona, no está construyendo una metáfora: está reconociendo en él a otro ser. Esa relación plantea una pregunta que atraviesa su práctica: en qué momento dejamos de sentirnos parte de ese mundo.

Durante un tiempo buscó respuestas fuera del país, a través de residencias y experiencias en varios países del mundo. Pero en los últimos años comenzó a mirar con mayor atención hacia Ecuador y hacia una historia cerámica mucho más antigua que la de Estados Unidos o Europa. Ese interés la llevó a experimentar con arcillas y quemas de baja temperatura, procesos que permiten que el barro conserve una presencia más directa. No busca establecer una importancia entre las distintas técnicas, sino recuperar conocimientos que considera poco atendidos y preguntarse por qué algunos saberes han quedado relegados.

Ese interés también la ha acercado a lugares como Pujilí, donde la tradición de los juguetes de cerámica ha ido desapareciendo. Durante una residencia encontró, junto a otros artistas, una montaña de pequeñas casas de cerámica descartadas, antiguamente utilizadas en los nacimientos. Las recogieron y a partir de ellas construyeron una obra colectiva: un paisaje andino poblado de casas y animales fantásticos. El proyecto implicó trabajar directamente con la tierra, modelar el paisaje, levantar las formas en arcilla y quemarlas en el horno de don Gabriel Domingo, un ceramista de 78 años. El proceso abrió además una conversación sobre los materiales y los saberes que permanecen en estas comunidades, incluso cuando algunas de sus prácticas implican riesgos. Su horno, construido con cangahua, despertó en ella un nuevo interés por las propiedades de este material y por las posibilidades que todavía puede ofrecer.

El fuego ocupa un lugar cada vez más importante en su práctica. Ha experimentado con raku y con quemas de leña de alta temperatura, procesos en los que el resultado nunca está completamente bajo control. En el raku, el choque entre el fuego, el oxígeno y los materiales transforma las superficies de manera impredecible. En las grandes quemas con leña, el horno permanece encendido durante días y se convierte en un espacio de trabajo colectivo. Allí entendió que el horno no es simplemente el medio para llegar a una pieza terminada: dentro de él ocurren procesos que también construyen la obra. El fuego, en ese sentido, deja de ser una herramienta para convertirse en colaborador.

Esta relación con los procesos naturales también está presente fuera del estudio. Desde 2012 está vinculada, junto a Ryan, con la Reserva Jama-Coaque, en Manabí, un proyecto de conservación con el que ha trabajado desde el arte, la comunidad y la comunicación. Conoce el bosque, sus habitantes y la deforestación masiva que ha sufrido el Bosque del Pácifico Para ella, ese trabajo no está separado de su práctica artística; lo entiende como una forma de reciprocidad con el mundo natural. Las conversaciones con biólogos, las salidas nocturnas al bosque y el conocimiento de los sistemas vivos terminan entrando en su obra. La cerámica se convierte entonces en otra manera de acercar esas experiencias a quienes no tienen la posibilidad de internarse en el bosque.

Ahora mira hacia dos proyectos que quisiera fortalecer. El primero es su obra, con el deseo de que pueda circular más y relacionarse con organizaciones y espacios que compartan sus preocupaciones. El segundo es un proyecto de carácter comunitario: crear en Ecuador una residencia artística que sea motivo para una eventual escuela de artes que reúna distintas disciplinas, talleres, conversaciones y momentos de convivencia. Imagina un lugar donde la comida, la arquitectura, los materiales, el territorio y las personas formen parte de una misma experiencia.

Las residencias que ha realizado fuera del país han alimentado esa idea. En Watershed Center for the Ceramic Arts, en Maine, recibió una beca vinculada a Judy Schwartz y, a partir de allí, estableció una relación de mentoría con la artista. También conoció su trabajo de documentación y difusión de la cerámica a través del MOCA (Museum of Ceramic Arts, incluido un mapa digital que reúne talleres, museos y espacios dedicados a esta práctica. Al descubrir que Quito tenía una presencia todavía pequeña en ese circuito, ha sido invitada a ser parte de alimentarlo de nuevos lugares y experiencias. De allí surge su propio proyecto: construir un mapa de experiencias cerámicas en Ecuador junto a comunidades interesadas en compartir sus procesos, no como una ruta de consumo, sino como una red de aprendizaje y encuentro.

En el fondo, sus distintos intereses terminan conectándose. La educación, la cerámica, la conservación, el trabajo comunitario y el bosque forman parte de una misma búsqueda: volver a mirar aquello de lo que nos hemos alejado y encontrar formas de relacionarnos nuevamente con el territorio. Su trabajo plantea una práctica sostenida de observación, aprendizaje y colaboración. La arcilla, como el bosque o el fuego, se convierte así en una manera de volver a conectarse con ella misma y con el mundo.

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