Morder la herida: pintura, cuerpo y oscuridad en Indómito

En Indómito, entrenar la mirada implica sostener la incomodidad, no apartar los ojos del dolor, aceptar la oscuridad como fuente de sentido. La obra de Sergio Silva no propone respuestas cerradas, sino una experiencia perceptiva que exige tiempo, atención y disposición al riesgo. En ese gesto insistente, paciente y resistente, la práctica encuentra su verdadera fuerza.

En Indómito, entrenar la mirada implica sostener la incomodidad, no apartar los ojos del dolor, aceptar la oscuridad como fuente de sentido

El arte ha encontrado históricamente en el silencio un territorio fértil y poderosamente inspirador. Un espacio de exploración y continua búsqueda por parte de los creadores.  En la práctica reciente de Sergio Silva, el silencio se manifiesta como una posibilidad para crear a través de un camino de madurez detonado por el dolor de una caída para habitar la fragilidad del cuerpo y para reformular la relación entre vida, muerte y creación pictórica.

Indómito es un proyecto que se sitúa desde la experiencia en su estado más real y preciso. La pintura de Sergio Silva se inscribe en una tradición clásica en términos formales, pero es atravesada por una sensibilidad contemporánea de trazos fuertes marcada por el cuerpo y las experiencias personales. Su práctica se construye desde la constancia de pintar, la repetición diaria de dos o tres horas frente a sus obras, de decidir la reivindicación de los cuidados y una vida desde la calma, el  aprendizaje de la técnica y de lo extraordinario y sublime del hecho de pintar.

El imaginario visual que atraviesa Indómito dialoga con la pintura barroca, el claro-oscuro. y con guiños del mundo escénico y del cine de terror. La oscuridad y el soporte en la obra de Sergio  funcionan como un sujeto propio para el artista. El claroscuro, la violencia contenida y la proximidad extrema al cuerpo remiten a una genealogía donde la imagen no tranquiliza, sino que confronta e incómoda. Son obras que exigen una mirada sostenida y reflexiva. 

Las figuras entre humanas y animales que aparecen en este cuerpo de obras se encuentran en estados liminales: cuerpos sostenidos al límite, abiertos, atravesados por  heridas o gestos repetitivos. El cuervo, figura recurrente en el arte, se activa como forma simbólica ligada históricamente a la muerte, al presagio y a lo oculto. Es una presencia que trabaja sobre la carne, señalando la imposibilidad de separar vida y descomposición. El compostaje, acción importante para el artista. Para él las lombrices que ayudan a descomponer la materia llegan a ser hasta eróticas. 

El cuerpo en las obras de Indómito se presenta como soporte de experiencias. Un cuerpo que guarda memoria del accidente, de la lesión, de la cirugía; un cuerpo que resiste a ser insensible. El artista no usa el dolor como símbolo, sino como su propia experiencia encarnada. Su práctica artística se activa como respuesta a un quiebre físico concreto: una lesión en la mano que obliga al artista a detenerse, a reconfigurar su relación con el tiempo y con su nueva producción.

El periodo de silencio posterior a la pandemia —cuatro años de aparente suspensión— se convierte para el artista en un espacio de reorganización interna. Durante este tiempo, Sergio desarrolla una relación sistemática con el archivo: ordenar, inventariar, clasificar. Este gesto puede leerse como una estrategia de control frente al colapso, pero también como una forma de resistencia y consecuencia a su trabajo de diseñador gráfico. 

La decisión de asumir plenamente la pintura a los 35 años introduce una reflexión crítica sobre la temporalidad del éxito en el arte contemporáneo. Al citar a Francis Bacon —quien inició su carrera pictórica de forma tardía—, Sergio se posiciona contra la ansiedad neoliberal que exige resultados inmediatos. Indómito se construye desde una temporalidad otra: lenta, densa, no domesticada.

La obra 7pm, que inaugura el recorrido, condensa el núcleo conceptual del proyecto. En ella, el artista  representa un personaje mordiendo su propia herida. La mano, casi muerta, verdosa, ocupa el primer plano. Aunque impactante por la decisión del artista de retratarla en primer plano. Esa imagen busca provocar desde el cuerpo vulnerable. Se trata de una escena de aceptación y de confrontación: el dolor como umbral de creación. 

A nivel cromático, la obra se desplaza del negro absoluto hacia gamas de morado y azul. Este desplazamiento no responde únicamente a una decisión formal, sino a una transformación perceptiva. El negro deja de ser vacío para convertirse en profundidad; en sus obras, el color funciona como atmósfera psicológica, como espacio de entre lo revelado y lo oculto.

El oscurantismo y la brujería —conceptos que el propio artista cita— funcionan como marcos narrativos que permiten pensar lo irracional, lo no domesticado por el lenguaje. Estas referencias activan una relación con lo simbólico y lo fantástico como formas legítimas de la literatura, el cine, las prácticas no comúnmente aceptadas o aprobadas.

En Indómito, entrenar la mirada implica sostener la incomodidad, no apartar los ojos del dolor, aceptar la oscuridad como fuente de sentido. La obra de Sergio Silva no propone respuestas cerradas, sino una experiencia perceptiva que exige tiempo, atención y disposición al riesgo. En ese gesto insistente, paciente y resistente, la práctica encuentra su verdadera fuerza.

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