En un país que desatiende lo realmente importante, El Ballet de Cámara de San Francisco de Quito enfrenta un reto que ocurre día tras día y fuera del escenario: la autogestión. Se trata de una compañía que trabaja sin financiamiento ni apoyo gubernamental, construyendo sus producciones desde la gestión independiente para no dejar morir el arte del ballet clásico.
Antes de que se abra el telón, la energía dentro de los camerinos es única. Hay confianza entre luces intensas, prendas regadas por el piso, miradas, silencios, espera y estiramientos. Todo ocurre lejos del público. Es un tránsito de lo individual a lo colectivo. Minutos después, sobre las tablas, todo cambia. La técnica, el ritmo y la armonía con la música, el vestuario que conserva referencias clásicas: telas satinadas, zapatillas de punta y cuerpos estilizados que narran una historia sin pronunciar una sola palabra.
Mantener vivo el interés del público es apenas el comienzo. Entre las grandes incongruencias encontramos al ballet clásico compitiendo directamente con arte como el cine, la música y otras formas de entretenimiento como las plataformas de streaming, los conciertos y las redes sociales. Una transmisión en vivo puede alcanzar miles de personas con una inversión mínima; una producción de ballet requiere meses de ensayo, un elenco cercano a cincuenta bailarines, además de vestuaristas, escenógrafos, iluminadores, técnicos de sonido y producción. Dos horas de función condensan cientos de horas de trabajo invisible.
Estas palabras de Eric Burgos, director artístico del Ballet de Cámara de San Francisco de Quito, describen uno de los desafíos que enfrenta hoy la producción cultural independiente. Este ensayo visual nace precisamente desde ese lugar: registrar el trabajo silencioso que sostiene la belleza del cuerpo en movimiento en el Teatro Nacional Sucre.
La obra presentada fue Coppélia, con música de Léo Delibes y estrenada en 1870. La historia de Swanilda, Franz y una muñeca mecánica continúa dialogando con el presente. Si en el siglo XIX el conflicto consistía en distinguir entre una persona y un autómata, hoy la pregunta reaparece frente a las imágenes creadas por inteligencia artificial. ¿Qué continúa siendo profundamente humano?
Para Eric la obra habla de un tema que sigue vigente: el aprovechar las herramientas para ampliar nuestras capacidades o construir aquello que termine haciendo daño.
¿Cuánto cuesta sostener el ballet clásico en Ecuador?
El ballet profesional comenzó a consolidarse en el país durante el siglo XX. En 1929, la llegada del maestro Raymund A. Mauge. Décadas después, en 1976, nació la Compañía Nacional de Danza y, en 1980, el Ballet Ecuatoriano de Cámara inició un proceso de profesionalización que formó a varias generaciones de bailarines. Hoy, nuevos proyectos independientes como el Ballet de Cámara de San Francisco de Quito buscan mantener vivo ese legado desde la autogestión.
Burgos es parte de esa historia. Durante más de veinte años se formó y trabajó en el Ballet Nacional del Ecuador. Hoy dirige un proyecto independiente que reconoce ese conocimiento pero que debe enfrentar un escenario distinto.
En una realidad donde los recursos para las artes siguen siendo limitados y la competencia por captar la atención ocurre desde las pantallas, sostener una compañía de ballet implica mucho más que producir una función. Significa defender un oficio construido con tiempo, disciplina y trabajo.
Cuando las luces se apagan y los invitados salen del teatro. En los camerinos quedan las zapatillas más bailadas, las maletas abiertas, el maquillaje regado y un poco más usado y las botellas de agua a medio terminar. El público se lleva el espectáculo y todo el trabajo.