Volver la mirada al oro es volver al Sur

En un continente acostumbrado a buscar validación afuera, la pregunta que atraviesa la obra de Doménica Barahona surge con claridad: ¿qué necesitamos para reivindicar nuestra fuerza y nuestro orgullo ecuatoriano? Para ella, la respuesta no nace de discursos  sino de un lugar más íntimo y profundo: el cacao.

Fotografiar el estudio de Doménica es re encontrar el sentido de recorrer los talleres de los artistas. Es volver a la raíz o a la semilla, reconocer en sus obras como latino y ecuatoriano. Domenica estudia el cacao nacional y lo utiliza en su obra como mensaje.

En un continente acostumbrado a buscar validación afuera, la pregunta que atraviesa la obra de Doménica Barahona surge con claridad: ¿qué necesitamos para reivindicar nuestra fuerza y nuestro orgullo ecuatoriano? Para ella, la respuesta no nace de discursos  sino de un lugar más íntimo y profundo: el cacao.

Latinoamérica carga una herida histórica. Durante siglos, se nos enseñó a mirar hacia Europa y hacia el norte, como canon y a desconfiar de nuestra propia raíz. Esa tensión entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser continúa moldeando nuestra identidad cultural. Doménica trabaja desde esa grieta:  volver a mirar lo que nos constituye, reconectar con aquello que fue desplazado de la memoria oficial y que, sin embargo, sigue floreciendo en la superficie. 

Tras sus años de estudio y formación en Roma, Italia, aprendiendo técnicas clásicas del lenguaje visual europeo, su verdadera transformación ocurre ahora en Ecuador. Ese retorno no es solo geográfico: es un regreso espiritual. Volver al Sur implica un acto de re orientación interior. No se trata de rechazar lo aprendido, sino de invertir la jerarquía que históricamente ha puesto al canon europeo por encima de la sensibilidad latinoamericana. Su obra honra ese aprendizaje, pero lo subordina a algo más grande: la necesidad de restituir valor a lo propio.

Latinoamérica no es un territorio que necesita ser explicado desde afuera. Es un ecosistema simbólico complejo: agua, barro, tejido, cerámica, plantas de poder, minerales, colores, frutos que sostienen culturas enteras. Es también un paisaje donde lo primigenio fue relegado a lo “típico”, lo “decorativo”, pese a su densidad espiritual y política. Doménica entiende ese conflicto y devuelve a cada elemento su dignidad original. Como su obra presentada den Desde la Raíz al Cielo, su última muestra, en donde pinta con gran técnica el árbol de cacao nacional superpuesto por brillantes chocolates con luz publicitaria. Esta conversación del mismo fruto en diferentes estados es sin duda de los mensajes más claros de Doménica. 

El punto de inflexión de su obra aparece cuando reconoce al cacao nacional como un símbolo central. No es un fruto cualquiera: es oro primigenio. Mucho antes de que llegaran los metales europeos, el cacao ya funcionaba como alimento ritual, moneda, medicina, ofrenda y energía vital en múltiples culturas precolombinas. Su valor espiritual y económico era tan profundo como el del Spondylus o el de las telas ceremoniales. En la mirada de Doménica, el cacao vuelve a ocupar ese lugar: es medicina, raíz, linaje, cosmología. Es la prueba de nuestro verdadero valor. 

Este redescubrimiento del cacao se entrelaza con su experiencia íntima de maternidad. En su casa, Doménica es madre: sostiene, nutre, cuida, ordena, ama. Y es imposible pasar por ese territorio sin que afecte la relación con la semilla. El cacao, con su forma protectora, su pulpa envolvente, su promesa de vida adentro, funciona como metáfora de su propio cuerpo. Maternar la semilla es maternarse a sí misma. Es comprender que todo lo que crece exige un espacio cálido donde ser protegido. Incluso la sombra: el ego, la duda, la exigencia, la vulnerabilidad inevitable de todo proceso artística, encuentra sentido en ese lugar de cuidado.

Entre las operaciones y ejercicios visuales más potentes de Doménica ocurre cuando decide colocar iconografías ancestrales sobre soportes europeos. La Botella Mayo Chinchipe encontrada en Palanda, con su peso histórico, arqueológico y sus rasgos únicos en el mundo,  aparece pintada sobre un gobelino francés del siglo XV, un material históricamente asociado a la élite europea, a los palacios, a las narrativas aristocráticas. Ese acto es sutilmente político. Es una inversión simbólica. Es permitir que la raíz ancestral ocupe un territorio que antes le estuvo negado. Es declarar sin pedir permiso que la memoria ancestral tiene el derecho y la fuerza de reclamar espacios de representación históricamente reservados para otros.

El gesto revela algo fundamental: nuestra raíz no es menor que el canon occidental, simplemente fue silenciada y oprimida. La obra de Doménica rompe ese silencio con objetos como las semillas pintadas que no confrontan desde la violencia, sino desde la claridad, desde una belleza que no se subordina y  que emerge silenciosa.

Sus mensajes claros: Latinoamérica no necesita imitar nada. Ya somos origen. Somos potencia. Somos semilla. Doménica nos recuerda que el mejor cacao del mundo nace aquí, que nuestra iconografía tiene una profundidad espiritual inmensa, que nuestra historia es más antigua y más compleja de lo que los relatos coloniales nos permitieron imaginar. Incluso su propio viaje, formarse afuera, regresar, reorientarse, maternar, se convierte en metáfora de lo que significa volver a ver el territorio con ojos nuevos.

En un mundo que todavía duda de la fuerza latinoamericana, su obra se levanta como una afirmación serena: el poder siempre estuvo aquí. En la tierra. En el fruto. En el linaje. En la semilla. Y en la capacidad de quienes, como Doménica Barahona, eligen volver al inicio para recordarnos que somos mucho más grandes de lo que nos hicieron creer.

 

 

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