Galería

 

El Templo del Grabado ocupa un apartamento en un antiguo edificio de San Roque. El tiempo ha dejado su marca en él: las paredes exhiben sus años, las gradas de madera han perdido parte de su horizontalidad y los primeros pisos parecen resistir con más dificultad el desgaste. Sin embargo, a medida que se asciende, el edificio recupera algo de su antigua belle époque.

Arnoldo Sicles y Vanessa Vaca me muestran el lugar tal como es, sin ocultar las grietas ni suavizar las huellas del paso del tiempo. Es precisamente ahí donde reside su belleza. Detrás de su apariencia gastada emerge una joya arquitectónica habitada por generaciones de familias y por cientos de historias acumuladas. Los espacios que hoy ocupan conservan un fuerte espíritu de creación: son talleres equipados para el trabajo, pero también lugares donde la memoria que permanece viva.

En una de las mesas del taller descansa una plancha que ha estado guardada durante años. Se trata de El Fogón, una imagen de un espacio íntimo y familiar que Arnoldo decidió volver a imprimir después de mucho tiempo. Presenciar su revelado es estar en un encuentro entre el artista y una parte de su propia vida.

Mientras se prepara la impresión, Vanessa organiza los materiales, revisa los papeles húmedos y ayuda a coordinar cada paso del proceso. Conoce el funcionamiento del taller con la naturalidad de quien ha pasado incontables horas entre prensas, tintas y matrices. Su presencia es más silenciosa que la de Arnoldo, pero constante. Mientras él observa la imagen que está por reaparecer, ella participa en las acciones que la devuelven al presente.

La estampa emerge lentamente. Los detalles en negro intenso  vuelven a ocupar el papel después de años de espera. Arnoldo observa el resultado con atención. No parece estar mirando únicamente una obra; parece encontrarse con una etapa de su propia vida. Antes de terminar, le dedica un poema al tiempo. Luego dice que es lo único que le falta.

Tengo la impresión de que Arnoldo Sicles es un profeta. Visualiza su espacio con claridad desde el lugar donde está sentado; sus palabras parecen provenir de un tiempo que todavía no llega. Habla de sus proyectos como sueños que ya ha visitado.

La ventana junto a la que realizamos esta entrevista forma parte de la última obra en la que trabaja. Desde allí observa la misma vista bajo la luz de la luna y bajo la luz de las cuatro de la tarde. La imagen está siendo creada sobre una plancha de zinc. Mientras me muestra el proceso, el taller y las herramientas que comparte con Vanessa, afirma: “Me encantan las huellas sucias y descuidadas”.

La frase parece resumir no sólo una estética, sino una forma de entender el mundo. En el Templo del Grabado, las marcas del uso, del tiempo y del trabajo son evidencia de vida.

Según Sicles, el espacio fue concebido para que otros puedan aprender la técnica del grabado. Para él, el taller tiene alma y espíritu. Reúne las herramientas necesarias para enseñar, experimentar y compartir conocimiento. Cuando habla de sus motivaciones, vuelve una y otra vez a la misma idea: ayudar a que otros aprendan lo que él sabe.

Vanessa forma parte fundamental de ese propósito. Además de compartir el trabajo técnico, participa en la construcción cotidiana de una comunidad alrededor del grabado. Sicles reconoce que el Templo del Grabado no podría funcionar sin ella. Entre ambos sostienen un espacio donde el oficio se transmite de manera práctica, directa y generosa.

Detrás de esa manera intensa y visionaria de habitar el mundo se encuentra una de las figuras más importantes del grabado ecuatoriano contemporáneo. Roberto Arnoldo Sicles Garzón nació en Tababela en 1955 y vivió gran parte de su vida en San Roque, ha dedicado gran parte de su vida al estudio, la práctica y la enseñanza del grabado calcográfico, el aguafuerte y la aguatinta. Durante más de cuatro décadas ha formado artistas, primero desde espacios institucionales y después desde El Templo donde el aprendizaje ocurre alrededor de la experiencia compartida.

A lo largo de su trayectoria ha recibido importantes reconocimientos y ha contribuido a la formación de varias generaciones de grabadores. Sin embargo, cuando habla de su obra, los premios parecen ocupar un lugar secundario. Para él, el grabado le ha proporcionado estabilidad emocional, psicológica, social y cósmica.

Los espacios interiores constituyen uno de los lenguajes centrales de su trabajo. Primero fueron los bodegones; después, la figura humana. Entre esas exploraciones surgió Desdoblamiento, una de sus obras más reconocidas, basada en la superposición de cuerpos. Según el artista, cuando le dijeron que estaba perdido, supo que estaba haciendo bien las cosas.

Quizá por eso el reencuentro con El Fogón resulta tan significativo. La obra representa un espacio doméstico, pero también parece contener algo más profundo: una reflexión sobre aquello que permanece. El fogón es el lugar donde se conserva el fuego. Un sitio de encuentro, de conversación y de transmisión. 

Su trabajo no ha consistido únicamente en producir imágenes, sino en mantener vivo un conocimiento para compartirlo con otros.Cuando habla del futuro, la visión vuelve a aparecer con la misma claridad con la que observa el edificio y la terraza desde su ventana.

“Me imagino este espacio lleno de personas viniendo a aprender. Una cafetería en la terraza, una galería, gente trabajando y compartiendo. Este lugar podrá sostenerse gracias a la presencia de quienes lo habiten”.

Sueña con estudiantes ocupando las mesas de trabajo, con nuevas generaciones aprendiendo grabado y con conversaciones que se extienden hasta el atardecer.

“El objetivo digno para vivir es compartir todos esos conocimientos”.

Quizá esa frase explique mejor que ninguna otra lo que ocurre en el Templo del Grabado. Entre las paredes que guardan el tiempo del poema, las herramientas marcadas por el uso y las huellas acumuladas por los años, Arnoldo Sicles y Vanessa Vaca mantienen encendido un fuego que no les pertenece únicamente a ellos. Un fuego hecho de memoria, oficio y generosidad. Un fuego que, como la imagen de El Fogón al salir de la prensa, sigue encontrando nuevas formas de permanecer.

 

 

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