Con Amaranta nos conocimos alrededor de una muestra sobre la cangahua, ese material volcánico que parece reunir cualidades opuestas: resistencia y sensibilidad, dureza y maleabilidad. Al visitar su casa en las faldas del volcán Ilaló volví a pensar en ella. No por su apariencia, sino por su capacidad de contener. Contener humedad, memoria, raíces y tiempo. Algo similar ocurre en el espacio que Amaranta habita y construye, pinta.

La vivienda está rodeada por vegetación de quebrada andina. Helechos, cactus, orquídeas amarillas y especies traídas desde el centro del país ocupan jardines y rincones del terreno. Todo parece crecer de forma orgánica. La casa no se impone sobre el paisaje; parece estar dentro de él.

Aunque existe un espacio destinado al trabajo, la práctica de Amaranta se extiende por distintos lugares de la casa. Mesas de investigación, laboratorios, cuadernos de apuntes, materiales, bocetos, piedras, plumas, semillas y objetos recolectados a lo largo del tiempo tienen un lugar.

Había silencio. Una vela encendida sobre la mesa. Té verde, jugo de sábila con piña y albahaca. Una sensación de calma, contención y energía materna atravesaba el lugar. Conversar con Amaranta es comprender que su interés por la naturaleza no se limita a una preferencia estética. Su formación en la School of Traditional Arts la acercó a una tradición que encuentra en la observación del mundo natural, la geometría y la armonía una fuente constante de aprendizaje e inspiración. Esta formación permite entender varios de los elementos que atraviesan su obra: aves, formas vegetales, patrones geométricos y pigmentos naturales.

Uno de los aspectos más singulares de su práctica es precisamente la investigación de estos pigmentos. Muchos son desarrollados a partir de procesos de observación, recolección y experimentación con materiales provenientes de la tierra. Junto a ellos aparecen geometrías delicadas y detalles minuciosos que exigen una observación pausada.

Sus libros de estudio, biblias de obra,  funcionan como mapas de investigación y recolección. Todos hechos a mano, con un estudio del espacio, el color, la tipografía. En ellos se repiten símbolos, diagramas y formas que luego reaparecen en las obras. La atención al detalle y la búsqueda de relaciones entre los elementos atraviesan tanto sus procesos como sus resultados.

Tengo la impresión de que los objetos que Amaranta conserva son tan importantes como los que produce. Piedras, plumas, plantas, pigmentos traídos de viajes y materiales recolectados forman parte de un mismo universo visual y simbólico.

Quizás el lugar más íntimo sea la terraza junto al dormitorio principal. Desde allí se observa el cañón mientras su colección de cactus crece.

Me fui con la sensación de haber recorrido su taller y un organismo vivo. Una casa atravesada por mucha vida, materiales y creación, expandiéndose de una habitación a otra como los helechos que caen desde el segundo piso y acompañan silenciosamente la vida cotidiana.