Tomas Bucheli pinta arte figurativo en Ecuador

Tomas Bucheli pinta arte figurativo en Ecuador

Su estudio ubicado en la esquina de la calle La Habana con Estados Unidos resguarda en sus paredes las memorias del conocimiento, las risas, las fiestas y el ejercicio de pintar. En energía y vibración se traduce a varias sesiones y encuentros de comida, vino, cerveza y buena compañía. También varias horas de meditación y silencio. Cuando Tomás Bucheli retrata a una persona aplica la rigurosidad de la técnica y el valor del conocimiento. Su trabajo le otorga valor a la memoria del arte figurativo del país.

Son más de cinco años y muchos encuentros el tiempo que Tomás Bucheli se ha tomado para retratarme. La primera vez que me invitó a posar fui sin mucha idea de la cantidad de tiempo que iba a tener que estar mirando a un punto fijo. Solo agradecí por invitarme a conocer su mundo, su pensamiento y su trabajo. Ese día estábamos en la casa del artista Jaime Zapata, en un taller dictado por él, junto a varias personas que estaban aprendiendo la técnica. En un rincón del espacio Tomás había armado un lugar donde hizo uno de sus primeros bocetos.

Las siguientes sesiones fueron en su casa. Desde una de las habitaciones de su taller se puede acceder a un balcón donde crecen las plantas y le permite a Tomás contemplar las escalinatas de San Juan y el patio posterior del Centro de Arte Contemporáneo (CAC). Ese es el paisaje del lienzo que acompaña mi retrato. La creación de una cuadrícula previa le permitió al artista generar las fugas y re crear la tridimensionalidad en cada cuadrante con precisión de proporción y realidad. De a poco y con paciencia Tomás fue creando un plano general de su taller donde aparecía con mi cámara abriendo la puerta del balcón, dentro del cuadro, elementos de su vida cotidiana, la luz de la calle que atraviesa los ventanales y la sombras pintadas en el linezo. La paleta de colores que eligió y que tenía que preparar todas las sesiones una hora antes de cada encuentro, en el que de a poco iba revelando los colores.

Varias sesiones se alargaron hasta media noche. En su espacio podía entrar en el personaje y valorar el tiempo que un artista se toma para pintarte un retrato. La bruma de San Juan, el humo de su taller, las baldosas celestes del baño, la cocina y el café. Retratar se convirtió algo más que la misma realidad. La cámara de fotos que me abre las puertas de los talleres quedó pintada para siempre sobre el lienzo. En su propio taller que lo vi cambiar, mutar, limpiarse. Tiempos que relatan un sube y baja. De mucha vida y muerte. Tristezas y alegrías. Como su espacio, su relato. Como su vida.

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